Quince minutos en la ducha y aún se escuchaba el agua caer. Su llanto quedaba ahogado por el sonido del agua al chocar contra la bañera.
Lo había vuelto hacer. Nunca cumplía las promesas que se hacía a ella misma. Nunca. Y ahora, volvía sentir ese vacío. No, esa no era la solución para ahuyentar la soledad que ella sentía.
Se frotaba con rabia, con desesperación... como si por eliminar de su cuerpo los restos de fluidos, saliva y olor de esas personas iba a poder eliminar la decepción que sentía por ella misma. Por lo que se estaba convirtiendo para ella ese acto que tanto había disfrutado, que tan especial la había hecho sentir y ahora solo le causa repugnancia.
Las caricias y besos que tanto placer le hacían sentir ahora se tornaban en gestos dominantes, con fuerza y urgencia. Todo sucedía rápido dejando atrás el verdadero significado del sexo. Se había convertido en una autómata. Hacía los movimientos estipulados, en el momento preciso, no surgían por una necesidad o por un sentimiento.
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Quince minutos en la ducha y aún se escuchaba el agua caer... pero esta vez no lloraba. Esta vez se había quedado absorta en su propio pensamiento, sintiendo como el agua mojaba cada parte de su cuerpo y como cada músculo se relajaba después de la rutina estresante de cada día.
Ya no frotaba con desesperación su cuerpo para intentar borrar el recuerdo y los restos de esas personas que le hacían sentir cada vez más vacía. Se descubría queriendo a su cuerpo, cuidándolo y percibiéndolo como lo hacía antes. Sentía como su cuerpo se estremecía al pensar en esas nuevas caricias y besos. Al recordar su cuerpo trasladándose fuera de sí al sentir esa pequeña muerte que es un orgasmo.
Ahora todo era distinto. Una persona se había cruzado en su camino y parecía que le mostraba cuan equivocada había estado los meses anteriores. Y todo lo que había llorado por sueños de papel que al primer soplo de aire, volaron y se llevó todo.
Todo volvía a tener un significado, su verdadero significado. No esa realidad ficticia que le querían hacer ver, donde ella terminaba agotada por su propio conflicto interno.
"No hay amor sin instinto sexual. el amor usa de este instinto como de una fuerza brutal, como el bergantín usa el viento." José Ortega y Gasset.
HelleN